Personas muy importantes

Tomado de DefiniciónABC.com

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Hoy es viernes. El martes pasado nació el hijo de Piqué y Shakira, un bebé llamado Milan, y hasta el día de hoy no han parado de hablar de eso en los rincones de la farándula. Desde los chismógrafos matutinos hasta los noticieros más serios, pasando por, créase o no, publicaciones serias sobre deporte, la entrada en existencia del niño se ha catapultado como el suceso del año. Y eso que han pasado apenas tres semanas. Independientemente de cómo sea tratado en los medios, la importancia que se le da al nacimiento de un hijo de personas notables pasó de ser comprensible a algo innecesario. La noticia de un nacimiento es siempre un hecho feliz, pero hacer tanto hincapié en la noticia se vuelve fastidioso, y hasta insultante.

Si yo un día me caso con Y. y tenemos un hijo, ese bebé tendrá, a juicio de la prensa, menos importancia que el hecho que Milan haya nacido. Mi hijo y el de cualquier mujer en la faz de la tierra tienen la misma importancia porque todos venimos al mundo en las mismas condiciones, y eso no debe excluir a los hijos de las personas “muy importantes”.

El concepto de Persona Muy Importante, VIP según sus siglas en ruso y en lengua imperial, y la existencia de espacios reservados sólo para ellos, son ofensivos de por sí. La etiqueta es engañosa de por sí. Te consideras una persona importante y útil, porque tu familia o tu autoestima te lo dice, pero no puedes acceder a estos puntos a menos que tengas una cuantiosa cantidad de dinero en mano. Y aún si logras entrar, tienes que lidiar con las miradas discriminatorias de los usuarios habituales, quienes te escrutan de arriba abajo como si fueras una especie de extranjero, tratando de repetirte hasta el cansancio que no perteneces aquí y que eres menos que ellos.

El término VIP se originó en la década de 1920 para referirse a los integrantes de la Emigración Blanca, los antiguos nobles rusos que tuvieron que escapar de los bolcheviques en 1917. Éstas individuos perdieron casi todos los privilegios que estaban implícitos en sus títulos, pero buscaban apoyarse entre ellos luego de haber caído en desgracia. En 1927, el diario de la comunidad rusa en Francia empezó a publicar avisos ofreciendo viajes entre París y Londres para las “Personas Muy Importantes” (Весьма Именитая Персона, “ves’ma imenitaia persona”). Semejante trato resultaba reconfortante para aquellos expatriados, puesto que les recordaba que pese al destierro, seguían conllevando la nobleza dentro de sí, lo que les ayudaba a hacer la realidad más llevadera. Tomando esta misma acepción, el acrónimo fue adaptado al idioma inglés y comenzó a aplicarse a personalidades destacadas en todos los ámbitos habidos y por haber, especialmente los políticos, económicos y sociales.

De modo que este concepto busca establecer una distinción entre las personas comunes y corrientes y los que por cualesquiera razones deben ser tratados como seres por encima del promedio. Seres a los que deben tener mejor atención y merecer mejor trato que la gente común. El VIP merece mejores cosas que el resto de la gente no sólo porque tiene dinero, sino porque no es cualquier tipo de persona, sino una que es y se ve “muy importante”. Pongamos por ejemplo un restaurante en el que está un tipo enflusado con su acompañante, léase chica prepago. En otra mesa está alguien como yo, común y corriente. El otro tipo exuda dinero, queriéndolo o no, y pide de las cosas más caras en el menú en todas los apartados. Yo, que aparento algo dentro del renglón medio, no me ponen tanta atención ni se preocupan por traerme las cosas con la misma celeridad que con el hombre de la corbata, a quien el mesonero procura extenderle el mejor servicio posible para que se encante, siga quedándose y pidiendo más cosas, para al final hacerse acreedor de una jugosa propina de cien bolívares. Por cosas como éstas también se puede deducir que, si bien el VIP no advierte tu presencia o siquiera tu presencia, se da a lugar a una especie de discriminación indirecta por parte de terceros, causada por el irresistible magnetismo de este tipo de personas. Creo que a todos, sea en escenarios, personajes o circunstancias levemente parecidas, nos ha ocurrido algo así.

La etiqueta de VIP, entonces, viene a ser uno de los símbolos inequívocos de lo frívola que se ha convertido la sociedad mundial moderna. Es similar en impacto a otras definiciones que se inventan para intentar disfrazar la arrogancia, como dama de sociedad o, más recientemente, socialité. Es una de las formas que ha tomado el fascismo cultural para sobrevivir hasta nuestros tiempos, discerniendo quienes son mejores y quienes son peores, quiénes merecen ser aceptados y quiénes deben ser rechazados, quienes merecen el bidé de oro y quienes deben ser reubicados en un campo de concentración.

Y, por último pero no menos importante, es engañosa, porque todos los seres humanos somos importantes de una y otra forma. Somos útiles en lo nuestro, somos queridos por nuestras cosas buenas y somos odiados por el mal que hacemos. Que nos busquen para pedir nuestro consejo o que hablen mal a nuestras espaldas. De cualquier forma somos importantes. Son nuestras familias y nuestros amigos los que nos dan importancia, para bien o para mal. Y nosotros, por dignidad, no debemos dejar que nadie nos diga que no valemos tanto como ellos, que no rellenamos sus zapatos en lo más mínimo. Nadie, absolutamente nadie, tiene la autoridad de venir a decirnos que no somos importantes para nadie o para nada. Somos quienes somos y quienes queremos ser, y con eso tenemos ya algo suficientemente bueno.

Mientras tanto yo, como mucha gente común y corriente, seguiré con las cosas que me gustan y estar en contacto con la gente más próxima a mí. Al menos sé que para ellos tengo importancia, sin lugar a dudas.

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