Salesman Blues

El oficio de vendedor es un oficio difícil.

Es un trabajo arduo, en el que uno debe moverse a mayor o menor velocidad o distancia, teniendo todo un mundo por delante que debe conquistar. No porque quiera, sino porque debe. Pero a pesar de eso, el oficio de vendedor tiene ciertas bondades.

Digo que es un oficio porque en mi humilde opinión para eso no se estudia. Es una habilidad natural, que se explota y se pule. Para eso se nace y se hace con el paso del tiempo. No se convierte uno en vendedor de la noche a la mañana: se tiene que tener cierto grado de “don de gente”. Caer bien y agradar instantáneamente, cosa para la que no todos estamos hechos.

Y digo también que tiene sus bondades porque nos induce a ver la belleza de cada cosa. Por regla general, todo vendedor debe saber ver lo único, lo benigno, lo eterno y lo intransferible en nuestros productos. Lo que llevamos en nuestro maletín es una caja de maravillas, es una especie de actor que introducimos en el escenario inmerso en la mente y en el corazón de nuestros clientes. Llevamos el universo en nuestra mano.

Pero no todos saben verlo, ya porque ya lo hicieron en algún momento del pasado, porque no pueden o simplemente porque no quieren verlo. En estos dos últimos casos, ello demuestra que nuestro poder de persuasión no es el mejor, ni nuestro carisma es el más envolvente. Fracasamos como vendedores. Fracasamos en lo que dependemos para vivir. Fracasamos en nuestras vidas.

Sí, el oficio de vendedor es uno pesado y difícil. Pese a eso, debemos sencillamente alzar el peso de nuestro cuerpo alicaído sobre nuestras rodillas y nuevamente continuar nuestro itinerario, secándonos las lágrimas y saber esbozar una sonrisa pese a las adversidades, empleando uno de los grandes talentos que tenemos como seres vivos, como es el poder de la auto-sanación, para una vez más emprender la conquista del mundo, teniendo la certeza de que esta vez la historia puede ser distinta.

Filosofía y reflexión de la vida al estilo de Nietzsche

Crecí con tribulaciones, crecí con una rama caída delante de mis pies. Crecí mirando el horizonte de los mares, con una lágrima bajo mis párpados, con el hielo escurriéndose por mis fibras.

Crecí rechazando toda asistencia, crecí sin escuchar el consejo y la anécdota, haciendo oídos sordos a las declamaciones de los ancianos y desoyendo las oraciones de los sabios.

Crecí mal, crecí en las estepas, rondando el desvarío y la agitación, luchando contra un mundo hostil, entre el vicio y la ceguedad, sin brújula, sin remedio alguno.

Pero al menos crecí…

como yo quería.